jueves, 17 de diciembre de 2009

EMILE DURKHEIM

¿Cuáles son sus categorías conceptuales y metodológicas para analizar el comportamiento social?

Los hechos sociales se ocurren por el comportamiento de la sociedad, aplicando la postura de Emile Durkheim explicaremos el desarrolló de una sociedad viéndolo desde la perspectiva de los hechos sociales tomando en cuenta el concepto que el maneja “cosas”.

Los alumnos de la Preparatoria Oficial Nº 86 tienen un desarrollo patológico ya que su comportamiento no es el adecuado a su postura de estudiantes por la falta de interés, empatía, motivación y la funcionalidad de las clases.

Durkheim y su aporte a las ciencias sociales

El principal objetivo de Émile Durkheim (1858-1917) estaba basado en estudiar los hechos sociales como objetos, sin juzgarlos de acuerdo con criterios ideológicos.
Durkheim se preocupó también por explicar la existencia y natu¬raleza de los distintos componentes o partes de la sociedad, en términos de la función que ocupan para mantener el equilibrio de la sociedad en su conjunto. Esta forma de pensar se llamó funcionalismo.

La importancia de Emile Durkheim como sociólogo radica, princi¬palmente, en su capacidad para defender la autonomía científica de la sociología y la aplicación del método científico al estudio de los fenó¬menos sociales.

Ambiente que rodea el surgimiento del funcionalismo

Para Durkheim la sociedad debe funcionar de acuerdo con ciertos fines, es decir, con determinados modos de actúan de sentir y de pensar j que son exteriores al individuo e indispensables en su desarrollo social. Para él deben existir ciertos parámetros que hagan posible entender los hechos sociales, de modo que todo aquello que no se: comporta con arreglo a aquellos parámetros, es calificado como una patología. Durkheim en esto es seguidor del positivismo francés y sus nociones de "normal" y "patológico" son propias del pensamiento sociológico de su época. Todo aquello que no funcione es considerado como indeseable, como una anomalía (anormal). De tal manera que lo normal es el orden y las encargadas de mantener ese orden son las instituciones, pues ellas, de manera científica, no movidas por intereses personales sino por los intereses estructurales de la institución, tienen el deber v el derecho de mantener el orden social para conseguir los fines institucionales, cuidando y anulando toda aquella clase de anomalías o irregularidades que pongan en riesgo el orden establecido y, por ende, la consecución de los fines que persigue ese orden.
Cuando se genera un conflicto entre instituciones e individuos, para el funcionalismo los individuos deben someterse a las instituciones, a sus intereses y a sus fines. Una persona con intereses diferentes a los institucionales es anormal y pone en riesgo la institucionalidad. Para Durkheim lo más importante es el equilibrio de la sociedad, por lo cual todo aquello que busque romper ese equilibrio debe ser sancionado conforme a las leves y a las costumbres sociales.

Los partidos políticos, vistos como las instituciones más corruptas

Los partidos políticos se perciben como las instituciones más corrompidas en todo el mundo, según el Barómetro Mundial de la Corrupción 2005 presentado por la orga-nización Transparencia Internacional (TI) con ocasión del Día Mundial de la ONU contra la Corrupción.

Los partidos políticos son vistos como las institucio¬nes más corrompidas "en 45 países de los 69 estudia¬dos", según el estudio encargado por TI y presentado en Londres. La cifra es superior a la del pasado año, cuando fueron 36 de 62 países ¡os que percibieron a los partidos como la institución más corrompida. Ade¬más de los partidos políticos, las instituciones consideradas más corruptas en general son los parlamentos o la policía, los sistemas judiciales, las aduanas o las administraciones fiscales, dependiendo de las zonas del planeta consultadas.
Los países desarrollados y sus sistemas democráti¬cos salen malparados. Entre los países de renta alta, "donde los partidos políticos se clasifican como la institución más corrompida", TI cita a Alemania, Canadá, España, Estados Unidos, Finlandia, Francia, Gran Bretaña, Israel, Italia, Japón, Luxemburgo, Suiza y México. En Europa occidental, detrás de los partidos políticos vienen el poder legislativo, el mundo de los negocios y los medios de comunicación.

Sólo África escapa a la "regla" de los partidos políticos. Allí es la policía la institución más corrupta, afirman seis de los ocho países africanos incluidos en la encuesta de TI, encabezados por Camerún, Ghana y Nigeria. Por otro lado, más de la mitad de las 55000 personas encuestadas por todo el mundo (57%) esti¬ma que la corrupción aumentó en estos tres últimos años, contra un 27% que piensa que se ha mantenido estable y un 10% que cree que ha disminuido. En cuanto a la proyección para el futuro, 44% de los encuestados piensa que la corrupción aumentará en los próximos tres años y casi el 30% dice que seguirá igual. "Si la gente es pesimista, no tendrá la sensa¬ción de que puede hacer algo contra la corrupción", lamenta Huguette Labelle, presidenta de TI, que afirmó que "los resultados de esta encuesta son una señal de alarma", aunque apuntó que "las cosas pueden cambiar; hace falta liderazgo, voluntad y presión" de las opiniones públicas.
Los políticos, la policía y el poder judicial se llevan los primeros galardones. La mordida, la tranza o el chanchullo, dependiendo de donde viva, ya casi se ha institucionalizado como una forma efectiva de hacer política.

Hecho social

La principal aportación metodológica del funcionalismo de Durkheim es su intención de convertir “lo social” en un objeto de estudio, tal como lo hacen las ciencias naturales. De tal forma que el objeto de estudio de la sociología seria el “hecho social”. Se emplea de ordinario para designar más o menos a todos los fenómenos que se desarrollan en el interior de la sociedad, siempre que presenten, con cierta generalización, algún interés social. Pero en este sentido puede decirse que no hay acontecimientos humanos que no puedan llamarse sociales. Cada individuo bebe, duerme, come, razona y a la sociedad le interesa que dichas funciones se ejerzan en forma regular. Por lo tanto, si esos hechos fueran sociales, la sociología no tendría objeto propio y su campo se confundiria con el de la biología y la psicología.

Pero, en realidad, en todas las sociedades existe un grupo determinado de fenómenos que se distinguen marcadamente de los que estudian las otras ciencias de la naturaleza.

Cuando desempeño mi tarea de hermano, esposo o ciudadano, cuando cumplo los compromisos que he contraído, realizo deberes que están definidos, fuera de mí y de mis actos, en el derecho y en las costumbres. Incluso cuando están de acuerdo con mis sentimientos y siento interiormente su realidad, esta no deja de ser objetiva; porque no soy yo quien los ha creado, sino que los he recibido por medio de la educación. Por otra parte, cuantas veces sucede que desconocemos los pormenores de las obligaciones que nos incumben y que, para conocerlas, necesitamos consultar el código y sus interpretes autorizados. De igual manera, al nacer encontramos ya hechas todas las creencias y las practicas de la vida religiosa; si existían antes es que existen fuera de nosotros. El sistema de signos que utilizo para expresar mi pensamiento, el sistema monetario que empleo para pagar mis deudas, los instrumentos de crédito que utilizo en mis relaciones comerciales, las practicas seguidas en mi profesión, etc., etc., funcionan independientemente del uso que hago de ellos. Si tomamos uno tras otro a todos los miembros de los que se compone la sociedad, encontramos que lo que antecede puede repetirse acerca de cada uno de ellos. He aquí modos de actuar, de pensar y de sentir que presentan la propiedad notable de que existen fuera de las conciencias individuales.
Estos tipos de conducta o de pensamiento no son solo exteriores al individuo, sino que están dotados de un poder imperativo y coercitivo en virtud del cual se imponen a el, lo quiera o no.

Sin duda, cuando me conformo a el plenamente, esta coacción no se siente o se siente poco, ya que es inútil. Pero no deja de ser un carácter intrínseco de esos hechos y la prueba estriba en que se afirma en cuanto yo trato de resistir.
Si intento infringir las reglas del derecho, estas reaccionan contra mi de tal manera que impiden mi acto si están a tiempo, o lo anulan y lo restablecen bajo su forma normal si ya es irreparable; o me lo hacen expiar si ya no puede ser reparado de otra manera. ¿Se trata de máximas puramente morales? La conciencia pública reprime todo acto que las ofende, mediante la vigilancia que ejerce sobre la conducta de los ciudadanos y las penas o castigos especiales de las que dispone. En otros casos, la coacción es menos violenta, pero no deja de existir. Me someto a las convenciones del mundo, si al vestirme no tengo en cuenta los usos vigentes dentro de mi país y de mi clase, la risa que provoco, el alejamiento en el que se me mantiene, producen, aunque en forma más atenuada, los mismos efectos que un castigo propiamente dicho. Además, la coacción, aunque sea indirecta, no es menos eficaz.

Es verdad que la palabra coacción, con la cual los definimos, corre el riesgo de asustar a los celosos partidarios del individualismo absoluto. Como profesan que el individuo es perfectamente autónomo, les parece que se le disminuye cada vez que se le hace sentir que no depende solo de si mismo. Pero, como hoy día es indiscutible que la mayoría de nuestras ideas y de nuestras tendencias no son elaboradas por nosotros sino que nos llegan de fuera, solo pueden penetrar en nosotros imponiéndose: y eso es todo lo que significa nuestra definición. Además, ya se sabe que no todas las coacciones sociales excluyen necesariamente la personalidad individual.

Sin embargo, como los ejemplos que acabamos de citar (reglas jurídicas, morales, dogmas religiosos, sistemas financieros, etcétera) consisten todos en creencias y practicas constituidas, de acuerdo con lo que antecede se podría creer que solo hay un hecho social donde existe una organización definida. Pero hay otros hechos que, sin presentar estas formas cristalizadas, tienen la misma objetividad y el mismo ascendiente sobre el individuo. Esto es lo que llamamos las corrientes sociales.

Así, en una asamblea, los grandes movimientos de entusiasmo, de indignación, de piedad que se producen, no tienen como lugar de origen ninguna conciencia particular. Nos llegan a cada uno de nosotros desde fuera y son susceptibles de arrastrarnos a pesar nuestro. Sin duda, puede suceder que al abandonarme a ellos sin reserva, no sienta la presión que ejercen sobre mí. Pero esa presión se agudiza en cuanto trato de luchar contra ellos. Si un individuo intenta oponerse a una de esas manifestaciones colectivas, los sentimientos que rechaza se vuelven en su contra.

El Suicidio

El suicidio es "todo caso de muerte que resulta directa o indirectamente de un acto positivo o negativo realizado por la víctima misma, y que, según ella sabía, debía producir este resultado". (Le Suicide, edición de 1960, pág. 5). Acto positivo: dispararse un tiro en la sien. Acto negativo: no abandonar una casa en llamas o rehusar todo alimento hasta dejarse morir. Una huelga de hambre llevada hasta la muerte es un ejemplo de suicidio.

Los tres tipos de suicidio que Durkheim se cree autorizado a definir son el suicidio egoísta, el suicidio altruista, y el suicidio anómico.

Se analiza el suicidio egoísta gracias a la correlación entre la tasa de suicidio y los cuadros sociales integradores, la religión y la familia, considerada esta última en el doble aspecto del matrimonio y los hijos. La tasa de suicidios varía con la edad; es decir, de modo general, se eleva al mismo tiempo que éste. Varía con el sexo; es más elevada en los hombre que en las mujeres; varía con la religión; utilizando estadísticas alemanas, Durkheim establece que los suicidios son más frecuentes en las poblaciones protestantes que en las católicas. Por otra parte, Durkheim compara la situación de los hombres y las mujeres casadas con la situación de los célibes, los viudos y las viudas. Los métodos estadísticos utilizados para realizar estas comparaciones son simples. Durkheim compara la frecuencia de los suicidios en los hombres casados y solteros de la misma edad, con el fin de establecer lo que denomina el coeficiente de preservación, que mide la disminución de la frecuencia del suicidio en determinada edad en función de la situación familiar. Asimismo establece coeficientes cíe preservación o, por el contrario, coeficientes de agravación, para las mujeres célibes o casadas, para los viudos y las viudas.

Así, los individuos abandonados a sí mismos experimentan deseos infinitos. Como nunca pueden satisfacerse, alcanzan cierto equilibrio sólo mediante una fuerza exterior de orden moral, que les enseña moderación y les ayuda a hallar la paz. Toda situación que tienda a aumentar la disparidad entre los deseos y la satisfacción se expresa en un coeficiente de agravamiento. Este primer tipo social de suicidio, establecido mediante el estudio estadístico de las correlaciones, se define con el término egoísmo. Los hombres o las mujeres tienden más a quitarse la vida cuando piensan esencialmente en sí mismos, cuando no están integrados; en un grupo social, cuando la autoridad del grupo y la fuerza de las obligaciones impuestas por un medio estrecho y fuerte no readuce los deseos que los animan a la medida compatible con el destino humano.

El segundo tipo de suicidio es el suicidio altruista. El individuo se da muerte de acuerdo con imperativos sociales, y ni siquiera piensa en reivindicar su derecho a la vida. Se sacrifica a un imperativo social interiorizado, y obedece las órdenes del grupo hasta el extremo de ahogar en sí mismo el instinto de conservación.
Fuera de estos casos de suicidio heroico o religioso, Durkheim descubre en las estadísticas un ejemplo moderno de suicidio altruista: el aumento de la frecuencia de suicidios en el ejército. No es posible explicar estos suicidios como suicidios egoístas, pues por definición los militares—se trata aquí de profesionales y de individuos con grado—pertenecen a un grupo muy integrado. Los soldados conscriptos consideran que su situación es transitoria, y combinan la obediencia con una libertad muy considerable en sus juicios acerca del sistema. Es muy evidente que los militares de carrera adhieren al sistema en que están integrados pues salvo casos excepcionales no lo habrían elegido si no le profesasen un mínimo de lealtad.

Pertenecen a una organización cuyo principio esencial es la disciplina. Por lo tanto, están situados en el extremo opuesto de los célibes que rehúsan la disciplina de la vida de familia y son incapaces de limitar sus deseos infinitos.

Los que tienen exceso de altruismo confunden de tal modo con el grupo al que pertenecen que son incapaces de resistir los golpes de la suerte.

Finalmente, hay un tercer tipo social de suicidio, el suicidio anómico. Este tipo es el que interesa particularmente a Durkheim, porque es el más característico de la sociedad moderna. Este suicidio anómico es el que se refleja en la correlación estadística entre la frecuencia de los suicidios y las fases del ciclo económico.
Aparentemente, las estadísticas nos revelan una tendencia al aumento de la frecuencia de los suicidios en los períodos de crisis económica; pero también, lo que es más interesante y más inesperado, en las fases de gran prosperidad.

En cambio, hallamos otro fenómeno curioso: una tendencia a la disminución de la frecuencia de los suicidios en los períodos de grandes acontecimientos políticos.
Así, durante los años de guerra, disminuye el número de suicidios.

Lo que le interesa por encima de todo, al extremo de obsesionarlo, es en efecto la crisis de la sociedad moderna que se define por la desintegración social y la debilidad de los vínculos que relacionan al individuo con el grupo.

En estas sociedades, la existencia social ya no está regulada por la costumbre; los individuos compiten permanentemente unos con otros; esperan mucho de la existencia y le exigen mucho, y por lo tanto están acechados perpetuamente por el sufrimiento que se origina en la desproporción entre sus aspiraciones y satisfacciones. Esta atmósfera de inquietud es propicia para el desarrollo de la "corriente suicidógena".

Durkheim procura luego demostrar que los tipos sociales que ha elaborado corresponden aproximadamente a tipos psicológicos.

El suicidio egoísta se manifestará por un estado de apatía y de ausencia de apego a la vida, el suicidio altruista por la energía y la pasión; y el suicidio anómico se caracterizará por un estado de irritación y de disgusto, irritación vinculada con las múltiples ocasiones de decepción que la existencia moderna ofrece, un disgusto que es resultado de que se ha cobrado conciencia de la desproporción entre las aspiraciones y las satisfacciones.

Una vez que los tipos sociales se han expresado en términos psicológicos, resta explicar o formular en términos explicativos los resultados del estudio, lo que es esencial desde el punto de vista de la teoría sociológica.

Podemos resumir así la teoría de Durkheim: los suicidios son fenómenos individuales, que responden a causas esencialmente sociales. Hay corrientes suicidógenas, para utilizar la expresión de Durkheim, que recorren la sociedad. Se originan, no en el individuo, sino en la colectividad, y son la causa real o determinante de los suicidios. Ciertamente, estas corrientes suicidógenas no se expresan en cualquier individuo, tomado al azar. Si tales o cuales individuos se suicidan, ello responde probablemente al hecho de que estaban predispuestos por su constitución psicológica, por su debilidad nerviosa y por ciertas perturbaciones neuróticas. Asimismo, las circunstancias sociales que crean las corrientes suicidógenas determinan estas predisposiciones psicológicas, porque los individuos, que viven en las condiciones de la sociedad moderna, poseen sensibilidades afinadas y por lo tanto vulnerables.

Las causas reales del suicidio son fuerzas sociales que varían según las sociedades, los grupos y las religiones.
Emanan del grupo y no de los individuos considerados por separado. Hallamos aquí una vez más el tema fundamental de la sociología de Durkheim, a saber, que en sí mismas las sociedades son heterogéneas respecto de los individuos. Existen fenómenos o fuerzas cuyo basamento es la colectividad y no la suma de los individuos. En conjunto, estos últimos determinan fenómenos o fuerzas que no se explican sino por su agrupamiento. Hay fenómenos sociales específicos que se imponen a los fenómenos individuales. El ejemplo más notable o más elocuente es precisamente el de las corrientes sociales que impulsan a los hombres a la muerte, de modo que cada uno cree obedecer sólo su propio impulso, cuando no es más que el juguete de fuerzas colectivas.

Función

Las personas son diferentes y por ello tienen diversas finalidades, nece¬sidades y aspiraciones.
Cuando existe un conjunto de personas con aspiraciones o necesi¬dades similares, se genera un grupo social que tiene como propósito, primero, satisfacer las necesidades del grupo y, después, conseguir los resultados o las aspiraciones del grupo social.
El conjunto de acciones que se realizan para resolver las necesidades o aspiraciones de las personas son las funciones. Por ejemplo, para cumplir la función de alimentar a su grupo social, los agricultores trabajan la tierra, los granjeros crían ganado y los obreros van a las fábricas para recibir dinero y cambiarlo por alimentos. La función es la misma, los grupos son diferentes.

Este ejemplo nos sirve para explicar otro concepto importante: la estructura. Los grupos sociales tienen funciones similares pero, según sus actividades, su contexto, sus aspiraciones y necesidades particulares, generan estructuras específicas. Por ejemplo, los ganaderos en un valle crean una estructura de apoyo relacionada con el ganado vacuno, así los ganaderos en la montaña crean una estructura de apoyo para gana¬do caprino. Puede ocurrir también que el grupo sea muy reducido, lo cual también tendrá su impacto en la estructura de apoyo creada para cumplir la función.
Otro ejemplo lo dan los ejércitos de las naciones que tienen como una de sus funciones la defensa de los intereses de los países. Sin embargo, las necesidades, las aspiraciones y el contexto hacen que la estructura de defensa del ejército, por ejemplo de Estados Unidos, sea diferente a la estructura del ejército de Irak o del ejército mexicano.

La función es la misma, las estructuras son diferentes. Debemos remarcar que, frecuentemente, de la calidad de las estructuras depende el éxito de la función.
Según sus necesidades, aspiraciones y contexto, las sociedades gene¬ran su estructura funcional asignando roles a las instituciones y a los grupos para que funcionen de acuerdo con los intereses de la sociedad. Los individuos deben asumir las funciones que les corresponde según el grupo social al que pertenecen, acatando y cumpliendo los roles que les son asignados en la estructura social.
Las instituciones sociales en un sentido amplio tienen también funcíones concretas para la satisfacción de las necesidades y el mantenimiento del orden social.

Autorregulación

Cuando los individuos o los grupos no asumen su función tal cual lo requieren los intereses de la sociedad, la misma sociedad genera meca¬nismos de coacción, obligando a que los grupos o individuos se ajusten a las funciones y a los roles señalados por la estructura creada.
Los individuos que no se alinean deben ser sustituidos pues, de otra forma, se generaría un funcionamiento anormal que afectaría la consecución de los fines sociales.

La autorregulación social se puede clasificar en tres niveles:

• Cuando los individuos regulan a los individuos, por ejemplo, cuan¬do una joven le pregunta a su novio con tono de reclamo: "¿Por qué no me has llamado... es que ya no me quieres?". De esta forma, ella mantiene cierto control sobre el joven.
• Cuando los individuos son regulados por instituciones: "Si usted no hace el servicio militar no obtiene la cartilla y por tanto no tiene derechos ciudadanos".
• Cuando una institución regula a otra institución: "La cámara de diputados aprueba la propuesta del ejecutivo federal (el presidente), sólo si se cumplen las condiciones indicadas.

División del trabajo

Emile Durkheim se ocupó del tema de la división del trabajo social en su tesis doctoral, en el año 1893. Para él, la división del trabajo es un hecho social que facilita a las personas y a las organizaciones convivir y conseguir los resultados deseados en la organización social de manera eficiente.
Por eso, él justifica la necesidad de dividir el trabajo, pues es una con¬secuencia inmediata de la conformación de las estructuras sociales. Así como cada grupo tiene una función en el cuerpo social, cada individuo tiene una tarea en la función grupal, de tal forma que el trabajo que requiere una gran función es dividido en funciones menores hasta lle¬gar aun conjunto de actividades que debe realizar un solo individuó.
La división del trabajo implica la subordinación del individuo a la función, pues de ella depende el resultado del todo. Si algún individuo no cumple con su función, daña toda la cadena de actividades que componen la gran función y por ende su resultado.
Para Durkheim es importante que cada individuo tenga la conciencia colectiva del interés social para que pueda ajustarse de manera normal al cumplimiento de su función ya que de no ser así, experimentará sen¬timientos e ideas negativas acerca de la misma función o aspiraciones disfuncionales que pondrán en riesgo el desempeño del individuo y el cumplimiento de la función.
Cuando se analiza el sentido funcional de un hecho social es nece¬sario verificar el problema que resuelve o plantea. Si el hecho social es el que resuelve el problema institución, costumbre, ritual), debemos avanzar en el análisis sobre los roles y las actividades que deben realizar los grupos e individuos provocados por el mandato del hecho social.

Reglas relativas a la observación de los hechos sociales
La primera regla y la más fundamental consiste en considerar los hechos sociales como cosas.

Desde el momento en que un nuevo orden de fenómenos se convierte en objeto de la ciencia, estos se encuentran ya representados en el espíritu, no solo por imágenes sensibles, sino por conceptos burdamente formados Antes de que aparecieran los primeros rudimentos de la física y de la química, los hombres tenían ya nociones de los fenómenos fisicoquímicos que rebasaban la percepción pura, tales como las que encontramos mezcladas con todas las religiones. Y es que, en efecto, la reflexión es anterior a la ciencia, que no hace más que servirse de ella con más método. El hombre no puede vivir en medio de las cosas sin hacerse de ellas ideas según las cuales reglamenta su conducta. Como estas nociones están más cerca de nosotros y más a nuestro alcance que las realidades a las cuales corresponden, tendemos naturalmente a suprimir a estas últimas y a hacer de aquellas la materia misma de nuestras especulaciones. En vez de observar las cosas, describirlas, compararlas, nos con ten tamos con tomar conciencia de nuestras ideas, analizarlas y combinarlas. En vez de una ciencia de realidades solo elaboramos un análisis ideologico. Claro esta que dicho análisis no excluye necesariamente toda observación.

Esta claro que este método no puede dar resultados objetivos. En efecto, estas nociones o conceptos, llámense como se quiera, no son sustitutivos legítimos de las cosas. Productos de la experiencia vulgar, tienen por objeto, ante todo, situar a nuestros actos en armonía con el mundo que nos rodea; están formados por la práctica y para ella. Ahora bien, una representación puede desempeñar útilmente este papel aunque sea teóricamente falsa. Copérnico disipo hace muchos siglos las ilusiones de nuestros sentidos respecto a los movimientos de los astros; y, sin embargo, aun por lo general reglamentamos la distribución de nuestro tiempo de acuerdo con estas ilusiones. Para que una idea suscite los movimientos que exige la naturaleza de una cosa, no es necesario que exprese fielmente dicha naturaleza, sino que basta con que nos haga sentir la utilidad o el inconveniente de la cosa, es decir como puede servirnos o contrariarnos. Pero las nociones así formadas no presentan esa exactitud practica mas que en forma aproximativa y solo en la generalidad de los casos.

¡Cuantas veces resultan tan peligrosas como inadecuadas! Por lo tanto, al elaborarlas como se pueda no se llegara nunca a descubrir las leyes de la realidad. Son, al contrario, como un velo que se interpone entre las cosas y nosotros y las enmascara tanto mejor cuanto más transparentes nos parezcan.

Esta intrusión del arte en la ciencia, que impide que esta se desarrolle, es además facilitada por las circunstancias mismas que determinan el despertar de la reflexión científica. Porque, como solo nace para satisfacer necesidades vitales, se encuentra naturalmente orientada hacia la práctica.
Las necesidades que están llamadas a aliviar son siempre urgentes y por lo tanto la urgen para encontrar la solución: no reclaman explicaciones, sino remedios.

Este modo de proceder esta tan de acuerdo con la tendencia natural de nuestro espíritu que se la encuentra incluso en el origen de las ciencias físicas. Ella es la que diferencia la alquimia de la química, y la astrología de la astronomía. Bacón caracteriza con ella el método que seguían los sabios de su tiempo y que el combate. Las nociones de las que acabamos de hablar son esas nociones vulgares o prenociones que la señala en la base de todas las ciencias en las que ocupan el lugar de los hechos. Son esos idla, especie de fantasmas que nos desfiguran el verdadero aspecto de las cosas y que, sin embargo, tomamos por las cosas mismas. Y como ese medio imaginario no ofrece al espíritu ninguna resistencia, este, que no se siente contenido por nada, se abandona a ambiciones sin límite y cree posible construir o más bien reconstruir el mundo solo con sus fuerzas y a tenor de sus deseos.

Si esto ha sucedido en las ciencias naturales, con más razón habría de suceder en la sociología. Los hombres no han esperado el advenimiento de la ciencia social para hacerse ideas sobre el derecho, la moral, la familia, el Estado, la sociedad misma, por-que no podían vivir sin ellas. Ahora bien, es sobre todo en la sociología donde estas prenociones, según la expresión de Bacón, están en situación de dominar los espíritus y sustituir las cosas. En efecto, las cosas sociales solo son realizadas por los hombres; son un producto de la actividad humana. No parecen ser mas que la puesta en obra de ideas, innatas o no, que llevamos en nosotros, la aplicación a las diversas circunstancias que acompañan las relaciones de los hombres entre si. La organización de la familia, del contrato, de la represión, del Estado, de la sociedad, aparece así como un simple desarrollo de las ideas que tenemos sobre la sociedad, el Estado, la justicia, etc. Por consiguiente, esos hechos y sus análogos parecen no tener realidad más que en y por las ideas que son su germen y que se convierten entonces en la materia propia de la sociología.

Lo que acaba de acreditar esta manera de ver, es que el pormenor de la vida social desborda por todas partes a la conciencia, esta no dañe de ella una percepción lo suficientemente fuerte para sentir su realidad. Como no tenemos entre nosotros lazos bastante sólidos ni bastante cercanos, todo esto nos hace fácilmente el efecto de no adherirse a nada y de flotar en el vacio como una materia medio irreal e indefinidamente plástica. Por eso tantos pensadores solo han visto en los arreglos sociales combinaciones artificiales y más o menos arbitrarias. Pero si el pormenor, si las formas concretas y particulares se nos escapan, por lo menos nos representamos, de bulto y de manera más o menos aproximada, los aspectos más generales de la existencia colectiva y son precisamente dichas representaciones esquemáticas y sumarias las que constituyen esas prenociones que utilizamos para los usos corrientes de la vida. Por lo tanto, no podemos pensar en poner en duda su existencia, puesto que la percibimos al mismo tiempo que la nuestra.

La sociología ha tratado más o menos exclusivamente no de cosas, sino de conceptos. Es cierto que Comte proclamo que los fenómenos sociales son hechos naturales, sometidos a leyes naturales. Y así, ha reconocido implícitamente su carácter de cosas: porque solo hay cosas en la naturaleza. Pero cuando, saliendo de esas generalidades filosóficas, intenta aplicar su principio y deducir de el la ciencia que estaba ahí contenida, toma las ideas como objetos de estudio. En efecto, la materia princi¬pal de su sociología es el progreso de la humanidad en el tiempo.

Parte de la idea de que hay una evolución continúa del género humano que consiste en una realización siempre mas completa de la naturaleza humana, y el problema que trata consiste en encontrar de nuevo el orden de dicha evolución. Ahora bien, suponiendo que esa evolución exista, su realidad solo puede establecerse cuando la ciencia ya se ha elaborado; por lo tanto, solo se puede constituir en objeto mismo de la investigación si se plantea como una concepción del espíritu, no como una cosa. Y en efecto, se trata de una representación tan completamente subjetiva que, de hecho, ese progreso de la humanidad no existe. Lo que existe, lo único que se presenta a la observación, son sociedades particular que nacen, se desarrollan, y mueren independientemente unas de otras. Si por lo menos las mas recientes fueran una continuación de las que les precedieron, cada tipo superior podría ser considerado como la simple repetición del tipo inmediatamente inferior junto con algo mas; por lo tanto, se las podría colocar una tras otra, por decirlo así, confundiendo a las que se encuentran en el mismo grado de desarrollo, y la serie formada de esta manera podría considerarse como representativa de la humanidad. Pero los hechos no se presentan con esa simplicidad extrema. Un pueblo que sustituye a otro no es simplemente una prolongación de este último con algunos caracteres nuevos; es otro, que tiene algunas propiedades de más, y otras de menos. Constituye una individualidad nueva y todas estas individualidades distintas, como son heterogéneas, no pueden fundirse en la misma serie continua, ni sobre todo en una serie única. Porque la sucesión de las socieda¬des no podría representarse mediante una línea geométrica; se asemeja más bien a un árbol cuyas ramas apuntan en sentidos divergentes. En resumen, Comte tomo por desarrollo histórico la noción que la tenia y que no difiere mucho de la que se hace el vulgo. En efecto, vista de lejos, la historia adquiere bastante bien ese aspecto simple y de serie. Solo se advierten individuos que se suceden unos a otros y marchan todos en la misma dirección porque tienen la misma naturaleza. Como, por otra parte, no se concibe que la evolución social pueda ser otra cosa que el desarrollo de alguna idea humana, parece muy natural definirla mediante la idea que de ella se hacen los hombres.

Ahora bien, procediendo así no sólo permaneceremos en la ideología, sino que damos como objeto de la sociología un concepto que no tiene nada propiamente sociológico. Spencer rechaza este concepto, pero para sustituirlo por otro que no está formado de otra manera. Convierte a las sociedades, no a la humanidad, en objetos de la ciencia; pero ofrece en seguida una definición de las primeras que desvanece la cosa de la que habla para colocar en su lugar la prenoción que tiene de ella.

Plantea en efecto, como proposición evidente, que "una sociedad existe sólo cuando a la yuxtaposición se añade la cooperación", y que sola mente así la unión de los individuos se convierte en una sociedad propiamente dicha. Partiendo del principio según el cual la cooperación es la esencia de la vida social, distingue las sociedades en dos clases según la naturaleza de la cooperación que domina en ellas. "Hay una cooperación espontánea que se efectúa sin premeditación durante la prosecución de fines de carácter privado; y hay también una cooperación conscientemente instituida que supone fines de interés público, claramente reconocidos." Da a las primeras el nombre de sociedades industriales, a las segundas el de sociedades militares, y puede decirse que esta distinción constituye la idea madre de su sociología. Pero esta definición inicial enuncia como cosa lo que es sólo una visión del espíritu. Se presenta, en efecto, como la expresión de un hecho inmediatamente visible y que puede comprobarse por medio de la observación, puesto que queda formulada desde el nacimiento de la ciencia como un axioma. Y sin embargo, es imposible saber por una simple inspección si realmente la cooperación es el todo de la vida social. Dicha afirmación sólo es científicamente legítima si se ha empezado por pasar revista a todas las manifestaciones de la existencia colectiva y si se ha hecho ver que son todas diversas formas de la cooperación. Se trata pues de cierta manera de concebir la realidad social y que sustituye a dicha realidad. Lo que queda así definido no es la sociedad sino la idea que Spencer se hace de ella. Y no siente ningún escrúpulo en proceder así, porque para él también la sociedad no es y no puede ser más que la realización de una idea, a saber, de esta idea misma de cooperación por la cual la define. Sería fácil demostrar que en cada uno de los problemas particulares que aborda, su método sigue siendo el mismo. Y, aunque en apariencia proceda empíricamente, como utiliza los hechos acumulados en su sociología para ilustrar análisis de nociones, más que para describir y explicar cosas, parece que sólo están allí en calidad de argumentos. Realmente todo lo esencial de su doctrina puede deducirse en forma inmediata de su definición de la sociedad y de las diferentes formas de cooperación. Porque si sólo podemos elegir entre una cooperación tiránicamente impuesta y una cooperación libre y espontánea, es evidente que esta última es el ideal hacia el cual la humanidad tiende y debe tender.

Estas nociones vulgares no se encuentran sólo en la base de la ciencia, sino que volvemos a hallarlas a cada instante en la trama de los razonamientos.

En el estado actual de nuestros conocimientos, no sabemos con certeza qué cosas son el Estado, la soberanía, la libertad política, la democracia, el socialismo, el comunismo, etc.; por lo tanto, el método querría que nos prohibiéramos todo uso de estos conceptos, mientras no estén científicamente constituidos. Y sin embargo, las palabras que los expresan vuelven sin cesar en las discusiones de los sociólogos.
Se emplean en forma corriente y con aplomo como si correspondieran a cosas bien conocidas y definidas, cuando sólo despiertan en nosotros nociones confusas, y mezclas poco claras de impresiones vagas, prejuicios y pasiones. Nos burlamos hoy de aquellos razonamientos singulares que los médicos de la Edad Media construían en torno a las nociones de caliente, frío, húmedo, seco, etc., y no nos damos cuenta de que seguimos aplicando ese mismo método al orden de fenómenos que las incluyen menos que cualquier otro, a causa de su extrema complejidad.

En las ramas especiales de la sociología, ese carácter ideológico está aún más acusado.
Y esto sucede sobre todo con la moral. En efecto, puede decirse que no existe un sólo sistema donde no se la represente como el simple desarrollo de una idea inicial que la contendría entera en potencia. Esta idea, unos creen que el hombre la encuentra hecha dentro de sí desde su nacimiento; otros, al contrario, opinan que se forma más o menos lentamente en el curso de la historia. Pero, lo mismo para unos que para otros, para los empíricos como para los racionalistas, ella es todo lo verdaderamente real que hay en la moral. En cuanto al pormenor de las reglas jurídicas y morales, no tendrían existencia por sí mismas, y serían únicamente esta noción fundamental aplicada a las circunstancias particulares de la vida diversificada según los casos. Por consiguiente, el objeto de la moral no podría ser ese sistema de preceptos sin realidad, sino la idea de la cual brotan y de la que no son más que aplicaciones variadas. Así, todas las preguntas que se plantea generalmente la ética, se refieren, no a cosas, sino a ideas; lo que se trata de saber, es en qué consiste la idea de derecho, la idea de la moral, no cuál es la naturaleza de la moral y del derecho vistos en sí mismos. Los moralistas no han llegado aún a esta concepción tan simple según la cual, como nuestra representación de las cosas sensibles procede de las cosas mismas y las expresa con mayor o menor exactitud, nuestra representación de la moral viene del espectáculo mismo de las reglas que funcionan bajo nuestros ojos y las figura esquemáticamente; que, por lo tanto, son esas reglas y no la visión sumaria que tenemos de ellas, lo que constituye la materia de la ciencia, lo mismo que la física tiene por objeto a los cuerpos tal y como existen, y no la idea que de ella se hace el vulgo. Entonces resulta que se toma como base de la moral lo que únicamente es la cima, a saber, la manera en que se pro¬longa en las conciencias individuales y resuena en ellas. Y este método no se aplica sólo en los proble¬mas más generales de la ciencia, sino también en las cuestiones especiales. De las ideas esenciales que estudia al principio, el moralista pasa a las ideas se¬cundarias de familia, patria, responsabilidad, caridad, justicia; pero su reflexión sigue aplicándose a ideas. Lo mismo sucede con la economía política. Según Stuart Mili, esta ciencia tiene por objeto los hechos sociales que se producen principal o exclusivamente con miras a la adquisición de riquezas.

Pero, para que los hechos así definidos puedan ser asignados, como cosas, a la observación del sabio, sería preciso al menos indicar por qué signo es posible reconocer los que responden a esta condición.

Ahora bien, cuando nace la ciencia, ni siquiera se está en situa¬ción de afirmar que dichos signos existen, y menos aún de saber cuáles son. En toda clase de investigaciones, sólo cuando la explicación de los hechos está bastante adelantada, es posible establecer que tienen un fin y cuál es. No existe ningún problema más complejo ni menos susceptible de ser resuelto de golpe. Por tanto, nada nos asegura por adelantado que exista una esfera de la actividad social en la que el deseo de riqueza desempeñe realmente ese papel preponderante. En consecuencia, la materia de la economía política, así comprendida, está hecha no de realidades que puedan señalarse con el dedo, sino de simples posibilidades, de puras concepciones del espíritu: a saber, de los hechos que el economista concibe en relación con el fin considerado, y tal como él los concibe. Por ejemplo, ¿se propone estudiar lo que llama producción? De pronto, cree que puede enumerar los principales agentes con la ayuda de los cuales tiene lugar dicha producción y pasarles revista. Entonces es que no ha reconocido su existencia al obsevar de qué condiciones dependía la cosa que estudia; porque en ese caso hubiera empezado por exponer las experiencias de las que ha deducido dicha conclusión. Si al empezar la investigación se procede a dicha clasificación en pocas palabras, será porque la ha obtenido por un simple análisis lógico. Parte de la idea de producción: y al descomponerla advierte que implica lógicamente las ideas de fuerzas naturales, de trabajo, de instrumento o de capital y trata después de la misma manera estas ideas derivadas.

La más fundamental de todas las teorías económi¬cas, la del valor, está manifiestamente construida de acuerdo con este mismo método. Si el valor fuera estudiado como una realidad ha de serlo, se vería al economista indicar cómo se puede reconocer la cosa llamada con ese nombre, y clasificar después sus especies, buscar mediante inducciones metódicas en función de qué causas varían; comparar en fin esos diversos resultados para extraer de ellos una fórmula general. La teoría no puede pues aparecer más que cuando la ciencia ha sido llevada bastante lejos. En cambio, la solemos encontrar desde el principio. Y es que para elaborarla, el economista se contenta con concentrarse, con tomar conciencia de la idea que se hace del valor, es decir, de un objeto susceptible de intercambiarse; advierte que implica la idea de lo útil, la de lo raro, etcétera, y con esos productos de su análisis construye su definición. Sin duda, la con¬firma con algunos ejemplos. Pero cuando se piensa en los hechos innumerables de los cuales debe rendir cuenta semejante teoría, ¿cómo prestar el menor valor demostrativo a los hechos, necesariamente muy raros, que son así citados al azar de la sugestión? También, lo mismo en la economía política que en la moral, la parte que desempeña la investigación científica es muy restringida y la del arte es prepon¬derante. En moral, la parte teórica se reduce a algu¬nas discusiones sobre la idea del deber, del bien y del derecho. Pero estas especulaciones abstractas no constituyen, hablando con exactitud, una ciencia, puesto que tienen por objeto determinar no lo que es de hecho la regla suprema de la moralidad, sino lo que debe ser.
Igualmente, lo que ocupa mayor lugar en las investigaciones de los economistas, es la cues¬tión de saber, por ejemplo, si la sociedad debe ser organizada de acuerdo con las concepciones de los individualistas o las de los socialistas; si es mejor que el Estado intervenga en las relaciones industriales y comerciales o las abandone por completo a la inicia¬tiva privada; si el sistema monetario debe ser el monometalismo o el bimetalismo, etc., etc. Las leyes propiamente dichas son pocas: incluso las que acos-tumbramos llamar así no merecen generalmente esta denominación, pues no son más que máximas de acción, preceptos prácticos disfrazados. Tenemos, por ejemplo, la famosa ley de la oferta y la demanda. Nunca se ha establecido inductivamente, como expresión de la realidad económica. Jamás ninguna experiencia, ninguna comparación metódica ha sido instituida para establecer que, de hecho, las relacio¬nes económicas proceden de acuerdo con esta ley. Lo único que se ha podido hacer y todo lo que se ha hecho es demostrar dialécticamente que los indivi¬duos deben proceder así, si entienden bien sus inte¬reses; que cualquier otro modo de proceder los perjudicaría e implicaría, de parte de los que se pres¬taran a ello, una verdadera aberración lógica. Es lógico que las industrias más productivas sean las más aceptadas; que los detentores de los produc¬tos más solicitados y más raros los vendan a más alto precio. Pero esta necesidad lógica no se parece en nada a las que presentan las verdaderas leyes de la naturaleza. Éstas expresan las relaciones según las cuales los hechos se encadenan realmente, no la manera en que es conveniente que se encadenen Lo que decimos de esta ley puede repetirse a propósito de todas las leyes que la escuela económica orto-doxa califica de naturales y que, por otra parte, no son más que casos particulares de la que precede. Son naturales, si se quiere, en el sentido en que se enun¬cian los medios que es natural o puede parecer natu¬ral aplicar para llegar al fin supuesto; pero no deben recibir ese nombre, si por la ley natural se entiende todo modo de ser de la naturaleza inductivamente comprobado. En resumen, sólo se trata de consejos de prudencia práctica y, si se los ha presentado más o menos especiosamente como la expresión misma de la realidad, es porque con razón o sin ella se ha creído poder suponer que dichos consejos eran efectivamente seguidos por la generalidad de los hombres y en la generalidad de los casos.

Y, sin embargo, los fenómenos sociales son cosas y deben ser tratados como cosas. Para demostrar esta proposición, no es necesario filosofar sobre su natu¬raleza ni discutir las analogías que presentan con los fenómenos de los reinos inferiores. Basta comprobar que son el único datum ofrecido al sociólogo. En efecto, es cosa todo lo que está dado, todo lo que se ofrece o, más bien, se impone a la observación. Tratar a los fenómenos como cosas, es tratarlos en calidad de data que constituyen el punto de partida de la cien¬cia. Los fenómenos sociales presentan indiscutible¬mente ese carácter. Lo que se nos da no es la idea que los hombres se hacen del valor, porque ésta es inacce¬sible; se trata de los valores que se intercambian realmente en el curso de las relaciones económicas. No es tal o cual concepción del ideal moral; es el conjunto de las reglas que determinan efectivamente el comportamiento.

No es la idea de lo útil o de la riqueza, son todos los pormenores de la organización económica. Es posible que la vida social no sea más que el desarrollo de ciertas nociones; pero, supo¬niendo que así sea, dichas nociones no son dadas inmediatamente. No se las puede alcanzar en forma directa, sino únicamente a través de la realidad feno¬ménica que las expresa.

No sabemos a priori qué ideas se encuentran en el origen de las diversas corrientes entre las cuales se reparte la vida social, ni si esas ideas existen; sólo después de haberlas seguido hasta sus fuentes sabremos de dónde proceden. Por lo tanto, debemos considerar los fenómenos sociales en sí mismos, desprendidos de los sujetos conscientes que se los representan; es preciso estu¬diarlos desde fuera como cosas exteriores, porque así se nos presentan. Si esta externalidad es sólo apa¬rente, la ilusión se desvanecerá a medida que la cien¬cia avance y, por decirlo así, veremos que lo de fuera se vuelve hacia adentro. Pero la solución no puede ser prejuzgada y, aunque finalmente no tendrían todos los caracteres intrínsecos de la cosa, primero hay que tratarlos como si los tuvieran. Esta regla se aplica pues a la realidad social entera, sin que haya lugar para ninguna excepción. Hasta los fenómenos que más parecen consistir en arreglos artificiales deben ser considerados desde ese punto de vista. El carácter convencional de una práctica o de una institución no debe presumirse nunca. Por lo demás, si se nos permite invocar nuestra experiencia personal, creemos poder asegurar que, al proceder de esta manera, se tendrá a menudo la satisfacción de ver que los hechos más arbitrarios en apariencia presentan después al obser¬vador atento, rasgos de constancia y de regularidad, síntomas de su objetividad.

Además, y de manera general, lo que se ha dicho anteriormente sobre los rasgos distintivos del hecho social basta para tranquilizarnos respecto a la natu¬raleza de esa objetividad y para demostrar que no es ilusoria. En efecto, una cosa se reconoce principal¬mente por el signo de que no puede ser modificada por un simple decreto de la voluntad. Y no porque sea refractaria a toda modificación. Pero para produ¬cir un cambio en ella, no basta quererlo, hay que hacer un esfuerzo más o menos laborioso, debido a la resistencia que nos opone y que, por otro lado, no siempre puede ser vencida. Ahora bien, ya hemos visto que los hechos sociales tienen esta propiedad. En vez de ser un producto de nuestra voluntad, la determinan desde fuera; son como moldes en los cuales nos vemos obligados a verter nuestros actos. Incluso con frecuencia esta necesidad es tan grande que no podemos eludirla. Pero aun cuando logremos triunfar, la oposición que encontramos basta para advertirnos que estamos en presencia de algo que no depende de nosotros. Por consiguiente, al considerar los fenómenos sociales como cosas, no haremos más que conformarnos a su naturaleza.
En definitiva, la reforma que se trata de introducir en sociología es idéntica en todos sus puntos a laque ha transformado la psicología durante los últimos treinta años.

Lo mismo que Comte y Spencer decla¬ran que los hechos sociales son hechos naturales, sin tratarlos, no obstante, como cosas, las distintas escue¬las empíricas habían reconocido desde hacía mucho tiempo el carácter natural de los fenómenos psicoló-gicos y sin embargo continuaban aplicándoles un método puramente ideológico. En efecto, los empiristas no menos que sus adversarios procedían exclu¬sivamente por introspección. Pero los hechos que observamos sólo en nosotros mismos son demasiado raros, demasiado huidizos, demasiado maleables para poder imponerse a las nociones correspondientes que la costumbre ha fijado en nosotros y darles una ley. Cuando estas últimas no están sometidas a otro control, nada les sirve de contrapeso; en consecuencia, ocupan el lugar de los hechos y constituyen la materia de la ciencia. Por eso, ni Locke ni Condillac consideraron los fenómenos psíquicos objetivamente. No estudiaron la sensación, sino cierta idea de la sensación.

Por esto, aunque en ciertos aspectos hayan preparado el advenimiento de la psicología científica, ésta sólo ha nacido de verdad mucho más tarde, cuando se llegó por fin a la concepción de que los estados de la conciencia pueden y deben ser considerados desde fuera, y no desde el punto de vista de la conciencia que los experimenta. Esta es la gran revo¬lución que se ha realizado en este género de estudios. Todos los procedimientos particulares, todos los métodos nuevos que han enriquecido esta ciencia, no son más que medios diversos para realizar de modo más completo esta idea fundamental. A la sociología le falta efectuar este mismo progreso. Es preciso que supere la fase subjetiva, de la que no ha pasado aún, y que llegue a la fase objetiva.

Este tránsito es menos difícil de efectuar que en psicología. En efecto, los hechos psíquicos son natu¬ralmente considerados como estados del sujeto, del cual ni siquiera parecen separables. Interiores por definición, nos parece que no pueden tratarse como exteriores más que violentando su naturaleza. Hace falta no sólo un esfuerzo de abstracción sino todo un conjunto de procedimientos y artificios para llegar a considerarlos bajo ese aspecto. En cambio, los hechos sociales contienen en forma mucho más natural e inmediata todos los caracteres de la cosa. El derecho existe en los códigos, los movimientos de la vida cotidiana se inscriben en las cifras de la estadística, en los monumentos históricos, las modas en la indu¬mentaria, los gustos en las obras de arte. En virtud de su naturaleza misma tienden a constituirse fuera de las conciencias individuales, puesto que las dominan. Para verlas bajo su aspecto de cosas, no es pues necesario torturarlas ingeniosamente. Desde ese punto de vista, la sociología posee una seria ventaja sobre la psicología, que no ha sido advertida hasta aquí y cuyo desarrollo debe precipitarse. Los hechos son quizá más difíciles de interpretar porque son más complejos, pero resulta más fácil alcanzarlos. En cambio, la psicología no sólo tiene dificultad para elaborarlos, sino también para captarlos.

Por lo tanto, se puede creer que desde el día en que este principio del método sociológico sea reconocido y practicado unánimemente, la sociología progresará con una rapidez que la lentitud actual de su desarro¬llo no permite suponer, y superará incluso el adelanto que la psicología debe únicamente a su mayoría de edad histórica.

Pero la experiencia de nuestros antecesores nos ha demostrado que para consolidar la realización prác¬tica de la verdad que acaba de establecerse no basta una demostración teórica ni siquiera penetrándose de ella. El espíritu está tan naturalmente inclinado a desconocerla que se volverá a caer en forma inevita¬ble en los antiguos yerros si no se somete a una disciplina rigurosa, cuyas reglas principales, corola¬rios de la anterior, vamos a formular.

1. El primero de estos corolarios es que hay que alejar sistemáticamente todas las prenociones. No es necesaria una demostración especial de esta regla, pues se deduce de todo lo que hemos dicho antes. Por otra parte, constituye la base de todo método cientí¬fico. La duda metódica de Descartes no es, en el fondo, más que una aplicación de ella.

Si, en el mo¬mento de fundar la ciencia, Descartes se impone como ley la puesta en duda de todas las ideas que ha recibido anteriormente, es porque no quiere emplear más que conceptos científicamente elaborados, es decir, construidos de acuerdo con el método que instituye; todos los que ha recibido de otro origen deben ser rechazados por lo menos provisionalmente.. Es preciso pues que el sociólogo, en el momento en que determina el objeto de sus investigaciones, o bien en el curso de dichas demostraciones, se prohíba resueltamente el empleo de los conceptos formados fuera de la ciencia para satisfacer necesidades que no tienen nada de científicas. Tiene que liberarse de las falsas eviden¬cias que dominan el espíritu del vulgo; que sacuda de una vez por todo el yugo de las categorías empíricas que una larga costumbre acaba a menudo por volver tiránicas. Por lo menos, si alguna vez la necesidad le obliga a recurrir a ellas, que lo haga teniendo con¬ciencia de su escaso valor, a fin de no hacerles desem¬peñar en la doctrina un papel del que no son dignas. Lo que hace particularmente difícil esta liberación en la sociología es que el sentimiento reclama a menudo su parte. En efecto, nos apasionamos por nuestras creencias políticas y religiosas, por nuestras prácticas morales, mucho más que por las cosas del mundo físico; después, este carácter pasional se comunica a la manera en que concebimos y nos explicamos las primeras. Las ideas que nos hacemos nos dominan, lo mismo que sus objetos, y adquieren así tal autoridad que no soportan la contradicción. Toda opinión que las estorba es tratada como ene¬miga. ¿No está de acuerdo una proposición con la idea que nos hacemos del patriotismo, o de la digni¬dad individual? La rechazamos sean cuales fueren las pruebas en las que se funda.

No podemos admitir que sea verdadera; se le opone una negativa categó¬rica, y la pasión, para justificarse, no tiene dificultad en sugerir razones que nos parecen fácilmente decisi¬vas. Estas nociones pueden tener incluso tanto presti¬gio que ni siquiera toleran el examen científico. El solo hecho de someterlas a un análisis frío y seco, así como a los fenómenos que expresan, repugna a ciertos espíritus. Quien se propone estudiar la moral desde fuera y como una realidad exterior, se antoja a estos escrupulosos como alguien carente de sentido moral, como el viviseccionista se presenta ante el vulgo como despojado de la sensibilidad común. Lejos de admitir que estos sentimientos competen a la ciencia, se cree que hay que dirigirse a ellos para elaborar la ciencia de las cosas con las cuales se relacionan. Un elocuente historiador de las religiones escribe: "¡Maldito sea el sabio que se aproxima a las cosas de Dios sin tener en el fondo de su conciencia, en la última capa indestructible de su ser, allí donde duerme el alma de los antepasados, un santuario desconocido del que se eleva por instantes un aroma de incienso, un verso de un salmo, un grito doloroso o triunfal que de niño lanzó al cielo tras sus herma¬nos y que lo vuelve a poner en súbita comunión con los profetas de antaño!" No nos alzaremos nunca con demasiada fuerza contra esta doctrina mística que -como todo misti¬cismo- no es en el fondo más que un empirismo disfrazado, negador de toda ciencia. Los sentimien¬tos que tienen como objeto las cosas sociales no poseen privilegios sobre los otros, porque no tienen un origen distinto. También ellos están formados históricamente; son un producto de la experiencia humana, pero de una experiencia confusa y desorga¬nizada.

2. Pero la regla anterior es totalmente negativa. Enseña al sociólogo a escapar del imperio de las nociones vulgares, para hacerle volver su atención hacia los hechos; pero no dice de qué manera debe captar estos últimos para estudiarlos objetivamente.
Toda investigación científica se concentra en un grupo determinado de fenómenos que responden a una misma definición. La primera gestión del soció¬logo debe ser la de definir las cosas de las que trata, a fin de que se sepa y de que él sepa bien a qué se refiere. Es la condición primera y más indispensable de toda prueba y de toda verificación; en efecto, una teoría sólo puede ser controlada si se saben reconocer los hechos de los que debe dar cuenta. Además, puesto que esta definición inicial constituye el objeto mismo de la ciencia, éste será una cosa o no según la forma en que se haga la definición. Para que sea objetiva, es evidente que debe expre¬sar los fenómenos en función, no de una idea del espíritu, sino de propiedades que le son inherentes. Es preciso que las caracterice por un elemento inte¬grante de su naturaleza, no por su conformidad con una noción más o menos ideal. Ahora bien, en el momento en que se inicia la investigación, cuando los hechos no han sido sometidos todavía a ninguna elaboración, los únicos caracteres que pueden ser descubiertos son aquellos lo bastante exteriores para ser inmediatamente visibles.

Los que están situados a un nivel más profundo son, sin duda, más esenciales; su valor explicativo es más alto, pero son desconoci¬dos en esta fase de la ciencia y no pueden ser anticipa¬dos más cuando se sustituye la realidad por alguna concepción del espíritu. Por tanto, es entre los primeros donde debe buscarse la materia de esta definición fundamental. Por otra parte, está claro que esta definición debe comprender, sin excepción ni distinción, todos los fenómenos que presentan igualmente esos mismos caracteres; porque no tene¬mos ningún motivo, ningún medio, para escoger entre ellos. Estas propiedades son entonces todo lo que sabemos de la realidad; por consiguiente deben determinar en forma soberana cómo se deben agru-par los hechos. No poseemos ningún otro criterio que pueda suspender aunque sea parcialmente los efectos del anterior.

De aquí deducimos la regla siguiente: no tomar nunca como objeto de las inves-tigaciones más que un grupo de fenómenos previa¬mente definidos por ciertas características exteriores que les son comunes, e incluir en la misma investiga¬ción todos los que responden a dicha definición. Por ejemplo, comprobamos la existencia de un cierto número de actos de los cuales todos presentan ese carácter exterior que, una vez realizados, determina por parte de la sociedad esta reacción particular que se llama sanción. Hacemos de él un grupo sui generis al cual imponemos una rúbrica común; llamamos crimen todo acto castigado y hacemos del crimen así definido el objeto de una ciencia especial, la crimino¬logía. Igualmente, observamos en el interior de todas las sociedades conocidas la existencia de una socie¬dad parcial, reconocible por el signo exterior de que está constituida por individuos consanguíneos, en su mayoría, y unidos después por lazos jurídicos. Reunimos los hechos que se relacionan con ello en un grupo particular, al cual damos un nombre parti¬cular: son los fenómenos de la vida doméstica. Lla¬mamos familia a todo conglomerado de ese género y convertimos a la familia así definida en objeto de una investigación especial que no ha recibido aún deno¬minación determinada en la terminología socioló¬gica. Cuando pasemos, más tarde, de la familia en general a los diferentes tipos familiares se aplicará la misma regla. Cuando se aborde, por ejemplo, el estu¬dio del clan o de la familia matriarcal, o de la familia patriarcal, se empezará por definirla de acuerdo con el mismo método. El objeto de cada problema, gene¬ral o particular, debe ser constituido según el mismo principio.
Procediendo de esta manera, el sociólogo desde su primera gestión está en contacto con la realidad. En efecto, la manera en que clasifica los hechos no depende de él, de la tendencia particular de su espí¬ritu, sino de la naturaleza de las cosas. El signo que las hace pertenecer a tal o cual categoría puede ser mostrado a todo el mundo, reconocido por todos, y las afirmaciones de un observador pueden ser contro¬ladas por los otros. Es cierto que la noción así consti¬tuida no encaja siempre, ni siquiera generalmente con la noción común.

Por ejemplo, es evidente que para el sentido común los actos de libre pensamiento o las faltas contra la etiqueta, tan regular y severa¬mente castigados en una multitud de sociedades, no son delitos, ni siquiera en relación con esas sociedades.

Igualmente, un clan no es una familia en la acepción usual de la palabra. Pero no importa, por¬que no se trata simplemente de descubrir un medio que nos permita volver a encontrar con bastante seguridad los hechos a los cuales se aplican las pala¬bras de la lengua corriente y las ideas que traducen. Lo que hace falta es constituir en todas sus piezas conceptos nuevos, adecuados a las necesidades de la ciencia y expresados con ayuda de una terminología especial. No se trata, claro, que el concepto vulgar sea inútil para el sabio; sirve de indicador. Por medio de él somos informados de que existe en algún lugar un conjunto de fenómenos reunidos bajo una misma apelación y que, por lo tanto, es verosímil que ten¬gan caracteres comunes; incluso, como siempre ha tenido algún contacto con los fenómenos, nos indica a veces, pero de manera general, en qué dirección deben hacerse las investigaciones. Pero, como está constituido de manera burda, es natural que coin¬cida exactamente con el concepto científico, insti¬tuido a su propósito.

Por muy evidente e importante que sea esta regla, apenas se cumple en sociología.

3. Pero la sensación es fácilmente subjetiva. Por eso en las ciencias naturales la regla exige que se aparten los datos sensibles que pueden ser demasiado perso¬nales en el observador, para retener exclusivamente los que presentan un grado suficiente de objetividad. Así, el físico sustituye las impresiones vagas que producen la temperatura o la electricidad por la representación visual de las oscilaciones del termó¬metro o del electrómetro. El sociólogo debe tomar las mismas precauciones. Los caracteres exteriores en función de los cuales define el objeto de sus investiga¬ciones deben ser lo más objetivos posible.
Podemos plantear en principio que los hechos sociales son tanto más susceptibles de ser objetiva¬mente representados cuanto estén más completamente desprendidos de los hechos individuales que los manifiestan. En efecto, una sensación es más objetiva cuanto más fijo es el objeto con el cual se relaciona; porque la condición de todo objeto es la existencia de un punto de apoyo, constante e idéntico, con el cual la representación pueda relacionarse y que le permita eliminar todo lo variable, partiendo de lo subjetivo. Si los únicos puntos de referencia dados son variables, si son perpetuamente diversos respecto a sí mis¬mos, falta una medida común y no nos queda otro modo de distinguir en nuestras impresiones lo que depende del exterior y lo que procede de nosotros. Pero la vida social, mientras no llegue a aislarse de los sucesos particulares que la encarnan para consti¬tuirse aparte, tiene justamente esta propiedad porque, como dichos sucesos no tienen la misma fisonomía de una ocasión a otra, de un instante a otro, y la vida es inseparable de ellos, le comunica su movilidad. Con¬siste entonces en corrientes libres siempre en vía de transformación y que la mirada del observador no consigue fijar. Es decir, que ese aspecto no le sirve al científico para abordar el estudio de la realidad social.

Pero sabemos que presenta la particularidad de que, sin cesar de ser ella misma, puede ser suscepti¬ble de cristalizarse. Fuera de los actos individuales que suscitan, los hábitos colectivos se manifiestan bajo formas definidas, reglas jurídicas, morales, dichos populares, hechos de estructura social, etc. Como estas formas existen de una manera perma¬nente, como no cambian con las diversas aplicaciones que se hacen de ellas, constituyen un objeto fijo, una norma constante, siempre al alcance del observa¬dor y que no deja lugar a las impresiones subjetivas y a las observaciones personales. Una regla del derecho es lo que es y no existen dos maneras de percibirla. Puesto que, por otro lado, estas prácticas son únicamente vida social consolidada, es legítimo, salvo indicaciones contrarias, estudiar éstas a través de aquéllas.

Por lo tanto, cuando el sociólogo se propone explorar un orden cualquiera de hechos sociales, debe esforzarse por considerarlos bajo un aspecto en el que se presenten aislados de sus manifestaciones individuales.

En virtud de este principio hemos estudiado la solidaridad social, sus diversas formas y su evolución a través del sistema de reglas jurídicas que las expre¬san. Igualmente, si se trata de distinguir y clasificar los diferentes tipos de familias de acuerdo con las descripciones literarias que nos dan los viajeros y, a veces, los historiadores, nos exponemos a confundir las especies más diferentes y a aproximar los tipos más alejados. Si por el contrario se toma por base de esta clasificación la constitución jurídica de la fami¬lia y, más especialmente, el derecho de sucesión, se tendrá un criterio objetivo que, sin ser infalible, evi¬tará muchos errores. ¿Queremos clasificar las dife¬rentes clases de delitos? Entonces nos esforzaremos para reconstruir las maneras de vivir, las costumbres profesionales vigentes en los distintos mundos del crimen, y se reconocerán tantos tipos criminológicos como formas diferentes presente esta organización. Para llegar a las costumbres y las creencias populares habrá que dirigirse a los refranes, a los dichos que las expresan. Sin duda, al proceder así se deja provisio¬nalmente fuera de la ciencia la materia concreta de la vida colectiva y, sin embargo, por muy mudable que sea, no tenemos el derecho de postular a priori la ininteligibilidad.

Pero si queremos seguir una vía metódica es preciso establecer los primeros cimientos de la ciencia sobre un terreno firme y no sobre arena movediza. Hay que abordar el reino social desde los lugares donde ofrece mejor campo a la investigación científica. Sólo después será posible llevar más lejos la investigación y aprisionar poco a poco, por medio de trabajos de aproximación progresiva, esta realidad huidiza que el espíritu humano no podrá tal vez jamás captar por completo.

Reglas del método sociológico

Ya que Durkheim pretendía crear un método científico para los hechos sociales, tomó como base las reglas del método de Rene Des¬cartes 1596-1650 para crear las reglas del método sociológico. Las reglas del método sociológico son las siguientes:

• Regla 1: considerar los hechos sociales como cosas. Los hechos sociales deben ser tratados como cosas ya que ellos son los datos inmediatos de la ciencia, mientras que las ideas son el desarrollo y no son dadas directamente.

• Regla 2: desechar sistemáticamente todas las prenociones o prejuicios. En los hechos sociales se deben descartar de la ciencia todas las nociones previas que pudieran existir al respecto, para de esa forma alcanzar un conocimiento objetivo del hecho social estudiado.

• Regla 3: los objetos de estudio deben ser hechos sociales externos a los individuos, que ejercen coacción directa o indirecta sobre el sentir, actuar y pensar, independientemente de los individuos, agru¬pando los hechos según los caracteres exteriores comunes.

• Regla 4: estos caracteres deben, además, ser lo más objetivo posible. El medio para conseguirlo es captar los hechos sociales que se pre¬sentan aislados de sus manifestaciones individuales.

Es importante que toda investigación de lo social vaya a los hechos sociales, y que no se base únicamente en las formas de pensar de los individuos, ni siquiera del investigador. Cualquier descripción que se realice de los hechos sociales debe estar acompañada de observacio¬nes de campo y resultados estadísticos que den cuenta de la recurrencía de esos hechos.

Problemas sociales desde la perspectiva del funcionalismo

El método funcionalista propone un análisis de los ''hechos sociales" (instituciones, costumbres, ritos), considerándolos como "cosas". Analiza los problemas sociales que aparecen a continuación según lo que propo¬ne el funcionalismo.

Cuando hablamos de jóvenes estamos considerando desde la etapa de la pubertad y hasta antes de cumplir los 18 años, por lo tanto, parte de sus derechos están contenidos en la Convención de los Derechos del Niño, la cual considera que niño es cualquier ser humano menor de 18 años.
La Convención es una ley internacional a favor de los niños, las niñas y los jóvenes, la cual ofrece protección y cuidados indispensables para su desarrollo y darles la oportunidad de ser escuchados.
Otra parte de los derechos de los jóvenes se encuentra comprendido en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, los cuales los podremos encontrar en los primeros 29 artículos de la Constitución: la Ley Federal para la Protección de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes, y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Los adolescentes tienen derecho, por ejemplo, a:
• Expresar lo que sienten, lo que les molesta y lo que les gusta, sin dañar nunca a terceros.
• Recibir educación gratuita y obligatoria en lo concerniente a los nive¬les fundamentales, acceder a estudios superiores en función de sus méritos. Dicha educación debe ser impartida con dignidad y respeto y favorecer el desarrollo de todas sus facultades que contribuyan al pleno desarrollo de su personalidad, fortaleciendo el respeto a los derechos humanos.
Todo ser humano nace libre e igual en dignidad y derechos. Cada uno de nosotros merecemos el respeto de los demás y él de nuestros padres. Dentro de la gama de respeto de los padres y de las personas adultas hacia los niños y jóvenes, se encuentran;
• Nadie debe ser objeto de injerencias arbitrarias en su familia. La vida privada es sin duda el derecho que exigimos de los demás. Igualmente debemos corresponder respetando la de ellos.
• El derecho a ser protegido contra cualquier forma de explotación o abuso sexual, prostitución o pornografía.
• Ser protegido dentro del seno familiar por los padres, en las escuelas por los maestros y en otros ámbitos por las autoridades correspondien¬tes. Nadie debe ser sometido a torturas ni a tratos crueles, inhumanos o degradantes.
• Ser protegida la integridad cuando se encuentre privado de su libertad, en el Consejo Tutelar de Menores Infractores.

Tanto los adolescentes como las personas adultas tienen el derecho a:
• La ida privada, la honra y la reputación.
• Ejercer su sexualidad, de manera libre y responsable, es decir, a elegir el momento y la persona con quien ejercer ese derecho.
• Casarse sin restricción por motivos de raza, nacionalidad o religión.
• Libertad de reunión y asociación pacífica, así como a participar en las elecciones para cargos públicos si ya tienen la mayoría de edad.
• Atención médica, proporcionada por el Estado, a través de las institu¬ciones públicas de salud, como ISSSTE, IMSS y Centros de Salud. Nadie deberá ser rechazado o discriminado si tuviere alguna enfermedad contagiosa, como el sida. Gozar de la libertad de escoger el trabajo que les guste y ser protegidos por la Ley Federal del Trabajo, Un igual salario y a condiciones equitativas en su desarrollo. Libertad de pensamiento, religión o creencia, incluyendo la libertad de manifestarla individual o colectivamente en forma pública o privada.
Las personas no sólo tienen derechos, sino también obligaciones, las cuales muchas veces son olvidadas. A continuación enlistamos algunas básicas que tienen los jóvenes:

• Respeto a la familia, a la sociedad, a la naturaleza, a sí mismo y a sus semejantes.
• Cuidado en el aseo personal.
• Colaboración en el hozar.
• Cumplir normas de acuerdo con la edad.
• Cumplir normas de urbanidad y hábitos.
• Convivencia con los vecinos.
• Asistir a clases, estudiar y cumplir con las tareas.
• Corresponder con cariño.
• Seguir indicaciones de adultos siempre que no sean contrarias a la ley o a las normas de la moralidad.
• Estimar su vida.

La marginación es un fenómeno social que implica excluir a una persona o a un grupo de personas de un representativo social. Veamos un relato que ilustra -no de forma científica- esta situación.
"Nació por accidente, su madre nunca pensó que podía quedar emba¬razada en aquel juego de fiesta con sus amigos. Así que cuando nació la llevaron con su abuela, porque su madre no tenía la menor intención de criar a nadie. Siempre le tocaba esperar que sus tíos y primos termina¬ran de comer para ver qué sobraba y se lo dieran. Las ropas que usaba eran las que iban dejando sus primitas, a veces tenían pocos remiendos, casi siempre eran unos hilachos. Toda su infancia fue así, incluso cuan¬do entró a la escuela escuchaba que sus compañeras hablaban de sus padres, y ella no tenía más que una abuela que no podía caminar para acompañarla a la escuela.

La llevaban sus primos, quienes siempre lucían limpios y bien arreglados, mientras que ella apenas podía aprender de higiene observando a su abuela. Nadie en la escuela o en su casa deseaba jugar con ella, porque olía mal y se veía sucia. Ninguno en su familia le importaba revisar sus tareas o saber si aprendía o no; las maestras la daban como un caso perdido.

Un día, su abuela murió y a ella la mandaron a un internado de huérfanas donde era maltratada por las tutoras. .Allí encontró a una amiga que le ayudaba a estudiar y pudo terminar a duras penas la escuela primaria.

Cuando entró en la secundaria conoció a más amigos y amigas que la tomaban en cuenta y le invitaban a drogarse y tomar alcohol. Así aprendió a convivir con otra gente, hasta que se enamoró de uno de los del grupo y en una de las parrandas... quedó embarazada. Cuando lo supo, recordó la historia que su abuela le había contado sobre su propio nacimiento. No quiso que sucediera lo mismo con su hijo, de manera que con la ayuda de sus amigos decidió buscar a alguien que pudiera ayudarle a abortar.

Finalmente encontraron a una señora que se decía ser experta 'en esas cosas'. La muchacha se dispuso al dolor del abono y se deshizo de la criatura, pero a los pocos días ella falleció por causa de las heridas, los malos cuidados y la falta de recursos.

Sus amigos no pudieron llevarla al internado, así que avisaron a la delegación de la existencia de su cadáver. Su cuerpo terminó en la fosa común."

El suicidio es entendido como la acción de quitarse la vida de forma voluntaria. La gente se suicida por diferentes motivos. En la antigua Roma, algunas personas que le habían fallado a su grupo se suicidaban por honor. Lo mismo sucedía con los kamikazes japoneses que sacrifi¬caban sus vidas por amor a su patria.
En la sociedad actual la gente se sigue suicidando. Las causas refieren a personas que desde su percepción no encuentran salida a sus problemas: ellas se sienten seres pequeños, incapaces de resolver nada, abrumados.

Algunos se suicidan por problemas económicos, otros por problemas familiares o amorosos, algunos porque no consiguieron el trabajo o la escuela que deseaban
El suicidio es un problema para algunos pero puede ser una solución para otros. Hay sociedades que impulsan a su gente al suicidio para defender sus creencias, como los extremistas palestinos o talibanes.

Otros grupos sociales, con poder y hambre de poder, crean con¬diciones de desesperación y desesperanza en los grupos que quieren dominar o a los cuales robarles sus bienes, para que éstos se desesperen y recurran a acciones suicidas, de manera que los dominantes quedan sin responsabilidad aparente.
La identidad es la propiedad de los seres humanos de ser ellos mismos.

Para los grupos humanos, la identidad es importante porque asegura su funcionalidad y de las personas dentro del grupo. A veces, los indi¬viduos tienen una identidad disfuncional con los grupos sociales, o los grupos sociales pretenden modificar la identidad de los individuos.

Las personas que han logrado sus propósitos en la familia, el trabajo y los negocios tienen algunas características comunes, como autoconocimiento, autoestima, autodisciplina y una sólida estructura de apoyo.

La identidad tiene muchas variantes, pero existen cuatro que sobre¬salen al analizar las razones por las cuales las personas logran lo que quieren, fracasan o no buscan intentarlo.

• Saber quién es uno mismo, conocer las propias capacidades y alcances es uno de los pilares de la gente con una identidad bien construida. Cuando las personas tienen un concepto desvalorizado de sí mismas se perciben como incapaces, con alcances cortos y sin cualidades; han construido una identidad, pero una identidad frustrante. Por supuesto que después de que una persona logra el reconocimien¬to de sí misma, de sus propias cualidades y los alcances que puede tener, tiende a amarse, valorarse, cuidarse y desplegarse. Aquella que no se ama a sí misma se tiene lástima, se devalúa v hace que los otros la traten de la misma forma; se descuida física, intelectual y socialmente, y evita convivir con la gente, buscando la soledad. La autodisciplina es la acción de formar hábitos constructivos o virtuosos, un esfuerzo que las personas hacen sobre sí misma, porque sienten que es una manera de cuidarse, cuidar su futuro y el de la gente que los rodea. La formación de estos hábitos consigue que las personas con el mínimo esfuerzo edifiquen un círculo virtuoso que les entregue los mejores resultados. Por el contrario, las personas que se desconocen y que no se aman generan hábitos destructivos o viciosos, gastando sus energías en acciones y personas que les provocan destrucción. Finalmente, poder construir una estructura de apoyo para aprovechar las oportunidades de crecimiento y desarrollo que ofrece la vida, los buenos amigos y amigas, el ahorro, el prestigio personal. Esto permite que una persona pueda crear una estructura de apoyo social, económico y político que le facilite conseguir lo que quiera cuando se lo proponga Algo muy diferente ocurre con quien fabri¬ca su identidad creando estructuras falsas con pseudo amigos o amigas carentes de dis¬ciplina y de visión de futuro, donde no existe ni el deseo ni la posibilidad de ahorro o la generación de riqueza, donde se descuida el prestigio de las personas. Cuando a estas personas se les presente alguna oportunidad, no tendrán ni gente para que los apoye, ni recursos ni prestigio que valgan.
Cada quien debe construirse la identidad que lo identifique consigo mismo y que lo proyecte en la sociedad.

La tolerancia es una virtud asociada a las culturas democráticas que sugiere niveles mínimos de convivencia entre personas de diferentes culturas, expectativas y creencias. La tolerancia es un problema para las personas y los grupos que mantienen posturas unilaterales y conquistadoras. No se aceptan otros puntos de vista ni oposiciones. Es necesaria la coexistencia entre personas y grupos de diferentes culturas e identidades que tienen algunos intereses comunes, como la sobrevivencia.
La tolerancia es una virtud de convivencia. A quien más se ama, más se le tolera, y a quien se odia, no se le tolera ni su existencia. Si quere¬mos vivir de la mejor manera, debemos buscar el amor en el prójimo, como una forma de buscar el bienestar del otro.

La tolerancia por tanto es una virtud mediocre, es darle "chance" al otro para que haga lo que desee y me deje hacer lo mismo, mientras no nos afectemos mutuamente. Es un respeto neutro. Por ejemplo, el poder ejecutivo de un país, es decir, el presidente, debe tolerar que el poder, legislativo no le autorice modificaciones esenciales y necesarias para el progreso de la nación. En el mismo escenario, hombres y mujeres corruptos que ocupan un lugar en el senado o tienen puestos de dipu¬tados no son símbolos de justicia. Así, tenemos que "tolerar cuadrillas de delincuentes" en el gobierno.

¿Qué tolerar y qué no tolerar? La ley se ha convertido en el límite de la tolerancia, y así se toleran grandes delitos de funcionarios públi¬cos, pero paradójicamente se sanciona a los pequeños empresarios que no pagan impuestos y se les cierra su negocio o a vendedores ambulantes que salen a la calle para conseguir su sustento de una manera digna.

La tolerancia es una palabra que aparece en el discurso de la demo¬cracia contemporánea, no existía en la época de los griegos. Asimismo, existe actualmente un discurso de igualdad, otro concepto moderno que no existía en la Grecia antigua.
Los discursos de democracia, tolerancia e igualdad han generado sociedades mediocres. Los límites de la tolerancia oficialmente se encuentran en la ley, pero extraoficialmente los imponen los grupos en el poder que se encuentran por encima de la ley. ¿Alguien puede negarles tolerancia a ellos?

A los "débiles" no les queda otra alternativa más que aceptar lo que dicta la ley o constituirse en estado de protesta permanente (la oposición tolerante y tolerada). A los fuertes y poderosos no les queda más que utilizar la ley a su conveniencia y conseguir que se acomoden a sus intereses y lograr que se toleren sus acciones. La ley establece los límites de la tolerancia, pero no toda ley es justa.

-Ensayo-

El siguiente ensayo profundizaremos la teoría del conocimiento de Emile Durkheim. Este trabajo pretende ser una revisión de las posturas de este autor es un clásico del pensamiento sociológico en tanto marcó problemas que en la actualidad continúan siendo objeto de estudio en las ciencias sociales, ya que “sus planteos más que sus respuestas, son hoy fuentes de buenas hipótesis”, creemos de gran utilidad preguntarnos: ¿qué es para este pensador la sociología?, ¿qué papel juega en su teoría el sujeto que conoce?, ¿cómo es la relación sujeto-objeto de conocimiento?, ¿sobre cuáles de estos elementos se inclina la balanza?, ¿cómo entiende a la realidad?, ¿existe para él la verdad?, ¿cómo la considera?, ¿cuál es el papel del lenguaje en su teoría?, ¿cómo evolucionaron estas concepciones?.
Preguntas que no necesariamente encontrarán una respuesta verdadera. La ruptura es una operación metodológica que permite que el sociólogo se separe de las nociones de sentido común y desmonte las totalidades concretas y evidentes que se presentan a la intuición, para sustituirlas por el conjunto de criterios abstractos que las definen sociológicamente.

Emile Durkheim

Antes de introducirnos de lleno en la teoría del conocimiento de Durkheim, cabe aclarar la evolución de ciertas nociones desde Las reglas del método sociológico.

Sujeto de conocimiento y realidad
En Las reglas Durkheim concibe al sujeto de conocimiento como un ser neutral, al que si bien los hechos sociales coaccionan, en el momento de hacer ciencia y, por tanto, vincularse con un objeto de conocimiento debe esforzarse en considerarlo como es “en sí mismo”, como es en su naturaleza. Por consiguiente, los presupuestos y valores del investigador no intervienen en el proceso. De esto se deriva la existencia de una interpretación única y absoluta de los hechos; la realidad, la naturaleza nos “señala” una correspondencia única entre nuestros conceptos y las cosas. El científico social debe luchar constantemente contra el conocimiento vulgar y con la ideología, nociones que no tienen lugar en el discurso científico. De acuerdo con esto, para Durkheim la función de la “ruptura” pasa por “la definición previa del objeto como construcción teórica provisoria destinada ante todo, a sustituir las nociones de sentido común por una primera noción científica”. Así, aconseja “tratar a los hechos sociales.

Como “cosas” y lo que destaca en esta afirmación es el verbo “tratar”. Sentencia que resume la actitud metódica positiva ante el objeto de conocimiento. De este modo, en su estudio sobre Las formas elementales de la vida religiosa (así como también en El Suicidio) procede en primer lugar creando categorías de acuerdo a sus signos exteriores “objetivos”, para en un segundo momento acceder a los rasgos menos visibles y más profundos con el objetivo final de la comparación. Esto queda claro en la siguiente afirmación de Durkheim.

El empirista que siguiendo a Durkheim, proyecta limitarse a los hechos, oculta intuiciones teóricas, por lo que su discurso se torna ideológico, o no deja de ser conocimiento de sentido común.

Esquemas de Hechos Sociales




















7 comentarios:

  1. muy buena informacion, esta completa espero utilizarla para un trabajo o tarea
    atte
    ariadna q loco

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  2. wola me parecio que si esta completa la
    informacion
    espero que sea de
    una gran
    utilidad

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  3. hola niña pues la verdad creo que te mereces una gran felicitacion pues tu trabajo esta super bien y creo que te mereces lo mejor me gusto como trabajaste felicidades.
    meparecio quw abordaste toods lo puntos que necesitabas
    bueno bye

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  4. Hola, Alitzel, no me queda ninguna duda que investigaste a fondo, pero recuerda que en el ensayo tienes que trabajar tu interpretación de las ideas que presentan los teóricos, asi como la fundamentación de las mismas.

    Mi reconocimiento a tu esfuerzo de investigación, pero insisto me hubiera gustado leer tu replica a tu propia investigación.

    Saludos especialista en Durkheim.

    Feliz 2010

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  5. Hola, la verdad la informacion esta muy bien nadamas creo que falto un poco mas de tu toque personal pero en sí, todo esta bien, creo que es el mejor trabajo.
    bueno cuidate
    bye
    atentamente.
    patricia

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  6. Hola Aliz

    La verdad mis felicitaciones exelente trabajo y solo una cosita que le hubieras aportado mas ideas ante tu postura pero es una buen trabajo.

    bye
    att.MARTHA BUENDIA

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